Un mal viaje

613327_operativo1Cuentos urbanos //  Por Pelón

Si acaso había unas tres mesas ocupadas en aquella terraza muy preferida entre estudiantes mariguanos y borrachos melancólicos de avanzada edad. Ese día había hecho un calor de la chingada, y la noche llegaba entre humo de mota y olor a orines de gato.

La terraza estaba en el tercer piso de una cantina en un viejo edificio, quizá de unos 100 años de antigüedad, rodeado de bodegas de verdura, fondas, y locales de carnes frías en el mero Centro de Monterrey.

Es posible que el edificio más chingón sea la Iglesia que se encuentra a escasas cuadras, que aunque pasa desapercibida gracias a que esta en medio de mercados, cantinas y estacionamientos,  una vez que se le pone atención salta a la vista su importancia arquitectónica.

Cuentan que una noche de invierno un morro anarco punk con botas desgastadas, chaleco con parches y estoperoles llegó hasta el templo católico y estampó una frase que pocos entendieron y posiblemente por eso es que duró tanto tiempo. Esa noche el “Juanito” había estado poniendo rolas de La Polla Records y fumando mota con sus camaradas en el departamento de un estudiante foráneo. Cuando dieron las 11:14 de la noche exactamente, se dirigieron a vandalizar aquel templo, eligieron la calle más oscura, y sacaron un spray de la mochila con el que grafitearon “Dios bendiga este negocio”.

En una de las mesas de aquella terraza había dos caguamones Indio a la mitad, cacahuates y una pipa de madera con marihuana que ya había sido rolada en varias ocasiones entre la banda. Pisteaban y quemaban mientras esperaban a otros compas que no tardarían en llegar. Pasaron los minutos y suena un celular: “Eh wey, salgan de ahí acaba de llegar un operativo, hay patrullas afuera”.

En eso van subiendo dos chotas con armas largas por las escaleras. De inmediato la pipa voló entre las azoteas y cayó en un patio trasero de una bodega. No era broma, había dos granaderas de la Regia estacionadas afuera y una de las mesas ocupada por dos vatos y tres morras fue abordada por la autoridad.

Ya valió madre, rumora bien paniqueado un vato que había dado unos pipazos segundos antes que llegara la autoridad. Los chotas se quedaron un buen rato en la misma mesa, y en eso llega un ruco que apunta a uno de los parroquianos “¡Ése fue, él me amenazó, traía una fusca!”.

Parecía que la habían librado los demás parroquianos que guardaban celosamente porciones de hierba entre sus ropas, misma que sería consumida una vez que los chotas se largaran. Pero no. De rato llegaron varios militares que también se dirigieron con el acusado y continuaron con la averiguación.

“No mames” se dice la banda con la pura mirada, no sólo tienes a la Regia a menos de dos metros, ahora hasta los milicos. El ambiente ya no era de relax. Ahora la tensión invadía a los locos que querían quemar a gusto. El acusado se identificó como policía municipal activo, y se estaba averiguando la razón de que portara el arma en su día de descanso.

Las diligencias se alargaron hasta el infinito cuando llegaron varios ministeriales. “Policías, militares y ahora ministeriales”,  -pensaron los paniqueados-“Ya nomás falta que lleguen los marinos, chinga” “Pinche mala suerte”.

Duraron más de una hora hasta que se lo llevaron. Las morras con las que iba el vato se fueron apenas se puso fea la cosa. La raza se regresaba apenas veía granaderas afuera de la cantina. La mota se quedó clavada entre las ropas, y una pipa mal herida se quedó abandonada en el patio mugriento de una bodega.

NV // Medios Libres 2017

 

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